RETRATO

12/07/20

Estimados amigos, les dejo un relato corto sobre los anhelos, la nostalgia y el amor. Saludos desde el sur de México.

 La tercera calle entre sexta y central norte era el andador comercial del centro de la ciudad. Con sus más de sesenta comercios a lo largo de tres cuadras, en la que las personas podían realizar sus compras sin ser molestados por los automóviles, los bocinazos de sus conductores, además de los baños gratis que recibían los peatones en época de lluvia. Me dirigí a la papelería, para comprar material de pintura, necesitaba media docena de pinceles, tubos de pintura al óleo, solvente y aceite de linaza. Tenía más de quince años de estar pintando y, francamente había aventajado mucho en el arte, al grado de que cierto día mi maestro de pintura me dijo que había adquirido el toque y la sensibilidad necesaria para pintar y que podía continuar por cuenta propia mi arduo camino en este oficio. Siempre había soñado con ser un gran pintor. Pero mi esposa no estaba de acuerdo con aquellas ideas y me recriminaba en cada ocasión que podía, el hecho de comprar material, que según ella no servía para nada. Deberías buscar trabajo estable para mantener a tu hija. La escena se repetía con  frecuencia, tan sólo para recordarme, lo insípida y aburrida que era su vida a mi lado.

– Estoy harta de tus fantasías de pintor, porque no empacas tus cosas y te largas – me dijo en cierta ocasión.

A veces dejaba de dirigirme la palabra durante días. La encontraba llorando, en mi fuero interno pensaba que había tenido suficiente con ella. Lo nuestro parecía no tener remedio.

Por esos días una dama se presentó en casa, deseaba le hiciera un trabajo que consistía en un retrato. Dijo que me pagaría bien. Consternado, tuve que acceder, pues no solía aceptar este tipo de trabajos. Excepto en contadas ocasiones, pues mi fuerte eran los murales, como el que realice para el Banco Nacional de México, en sus oficinas centrales. Sentía que aquellos trabajos me limitaban como artista y no podía trabajar en lo que se me antojara.

Le pedí una serie de fotografías suyas a lo que con gusto accedió llevarlas en la próxima ocasión que me visitara. Por supuesto, mi esposa con su natural suspicacia preguntó quién era aquella dama.

-Nunca la he visto-repliqué

-Ha de ser rica, maneja un auto de lujo y viste muy elegante-me dijo.

-Muy buena observación, pero su aspecto y su clase no me interesan. Lo único importante para mí es realizar un trabajo excelente, y que me pague- le dije.

 Visiblemente molesta, se alejó sin pronunciar palabra alguna. Tomé entre mis brazos a nuestra hija, para comentarle que pronto se le pasaría el enojo a mamá.

Después de un par de días, la misteriosa dama regresó con media docena de fotografías; todas de alta calidad, pero muy antiguas al grado de que se habían tornado pálidas por el paso inexorable del tiempo. Lo qué más me impresionó era de que lucía exactamente igual a las fotografías después de tantos años. Como todo caballero no me atreví a preguntarle su edad, sin embargo, al reverso de cada fotografía se encontraban las fechas en que fueron tomadas; éstas databan de hace casi cuarenta años. Ella aparentaba poco más de treinta años. Lo que me pareció incongruente, y hasta pensé que me estaba jugando una broma, sin embargo, hablaba con total seriedad. Incluso, me entrego un adelanto en efectivo por la cantidad de cuatro mil pesos. Gesto que le agradecí.

Y allí estaba yo en aquella papelería comprando material para realizar aquel retrato. Debo admitir que la dama era muy bonita, razón por la cual mi esposa sentía celos.

Le prometí que el trabajo estaría listo en un lapso de seis semanas, y que podría recogerlo en mi domicilio, pero ella no acepto y me dio una dirección a la cual me dirigiría una vez concluido  el trabajo y que en caso de estar ella ausente se lo entregará a su esposo.

Me limite a trabajar con esmero, incluso trabajaba hasta muy tarde con la luz de la lámpara de mi taller.

Con frecuencia mi hija  se asomaba para echar un vistazo y darme su sabia opinión.

-¡Muy bien, te está quedando excelente!- animando a papá.

A diferencia de su madre que se limitaba a merodear, sin entrar en la habitación.

Después de haber concluido el plazo pactado, me comuniqué con ella. Pero nunca contestó; la única esperanza era encontrarla en su domicilio.

Ansioso, toqué el timbre de aquella casa lujosa, después de un par de minutos que se me hicieron eternos, un hombre de la tercera edad apareció al abrirse la puerta.

-¿Se encuentra en casa la señora Helena Carter?- dije

Aquel caballero palideció al instante, parecía que hubiera visto un fantasma. Me miró con extrañeza, con el brillo que aun le quedaba en sus ojos.

-¿Quién es usted?- preguntó.

-Soy Leonardo Carmona, artista plástico y estoy aquí para entregar un trabajo, se trata de un retrato que la señora me pidió dejar en esta dirección- dije desconcertado.

-¡No puede ser!-exclamó.

-¿Porqué?-dije balbuceando las palabras.

-Porque mi esposa falleció hace varios años- dijo con voz entrecortada.

Una especie de corriente eléctrica recorrió mi espina dorsal

-Es que acaso esto es una especie de broma desagradable- dije.

-Lo mismo digo, señor-agregó.

Me límite a encoger los hombros, para enseguida retirarme, pero el anciano me detuvo.

-No, por favor espere, será mejor que entre. Que desconsiderado soy. ¡Vamos adelante, pase!-

Me dijo que se llamaba Martin y su esposa tenía casi cuarenta años de haber fallecido. Él nunca se volvió a casar, a pesar del tiempo transcurrido, nunca la había olvidado, y conservaba como recuerdo sus efectos personales, entre ellas un album de fotografías, que salvo algunas que faltaban, estaba bien conservado.

En ese momento, me pidió le mostrará el retrato de su esposa. Con presteza, pero con cuidado, desempaque con orgullo mi trabajo. El hombre se quedó observando por varios minutos la pintura.

Con lagrimas recorriendo sus mejillas, me confió que en cierta ocasión él le pidió se hiciera por encargo un retrato y colgarlo sobre la pared principal  de la sala, para rendirle tributo a su belleza, sin embargo, ella nunca le tomó la palabra. Yo estaba boquiabierto, me era difícil creer lo que aquel anciano me dijo.

Después de aquél encuentro poco ordinario, don Martin, me pidió que trabajara otro retrato para lo cual me dio otra fotografía en la que aparecían juntos en sus días más felices.

-Es para realizarle un homenaje, por el gesto que ella tuvo, y por los años felices que vivimos juntos.

Por mi parte, y a decir verdad en estos tiempos de pandemia que estamos viviendo me preguntó, ¿si es posible que exista aun el amor que pueda sobrevivir después de la muerte?

Por este motivo consideré escribir en mi diario personal los hechos acontecidos.