Cuento: Delirio

05/11/17             Mente, insomnio, voces.

Paranoia s.f. Desorden mental. Trastorno delirante.

      En ocasiones, me asomo con cautela por la ventana, y allí está aquél individuo con lentes obscuros, bigote y gorra de béisbol, que observa de manera fija. Estoy seguro me vigila.

     La comida en el hospedaje es un desastre, sin embargo, hace un par de días ingresé a la cocina y, me encontré al cocinero, estaba dándome la espalda. Al notar mi presencia giro su cuerpo regordete hasta que estuvimos frente a frente. En su mano derecha sostenía una enorme hacha y sus ropas estaban salpicadas de sangre. Había algo siniestro en su presencia. Su mirada era homicida. Debo tener cuidado, quizá le agregue veneno a los alimentos. ¡Tengo que estar un paso adelante!

     Puedo jurar  es el asesino del que hablan las noticias a nivel nacional. El caníbal de la plaza “Morelos”.

     Abandono con prisa el lugar, casi corriendo. Jamás regresaré al sitio del verdugo.

     A menudo escucho voces en el pasillo del hospedaje, murmullos, lamentos y gritos lastimeros. Voy enseguida a la puerta, para asomarme, sin embargo, el pasillo está totalmente en silencio. He escuchado que el lugar fue un hospital para enfermos mentales. Sus habitaciones sirvieron para tal propósito.

      Llevo tres días sin poder conciliar el sueño. El reloj de cucú en la pared no cesa de marcar las horas, el péndulo oscila sin parar. Inexorable. Además, el cuarto es pequeño y carece de ventilación. El calor se torna insoportable, de no ser por el viejo ventilador de techo; la habitación se volvería asfixiante.

     A veces, abandono la estancia para conseguir cigarros y cerveza en una tienda ubicada a un par de cuadras.  Días atrás  acudí a las tres de la mañana, preso de un terrible insomnio. El chico, en el mostrador me sonrió de una forma extraña. Sus dientes lucían maltratados y amarillos por la nicotina. En realidad, ignoro los motivos ocultos que tenga para sonreír de esa manera.

     Desconfío del vecino, de la vendedora, la chica que cada mañana espera en la esquina el autobús para llevarla a su trabajo.

     Extraño a mi familia, a mis padres, hermanos y hermanas. El mes pasado llegó de visita mi hermana Clara, la más pequeña. Se presentó acompañada de un individuo enfundado en una bata blanca, su rostro me parece conocido. Es el tipo que siempre se encuentra en la recepción del hospedaje.

     Mi hermana platica con él y observo en su rostro una mueca de angustia.

    Pregunta si el trato es bueno. Le respondo que no, pues la comida es pésima, a veces me impiden que salga, y está prohibido fumar o beber. Es peor que una celda de presidio; le manifiesto.

–Pero debes obedecer– dice.

     Extrañado, le cuestiono el porqué de su actitud. Ella no sabe qué decir, sólo agrega que se tiene que ir y me porte bien.

   Con hondo pesar, observo cómo lentamente camina hacia la puerta. Gruesas lágrimas recorren sus mejillas.

    La sigo para suplicarle se quede, pues me deprimo mucho. Grito que estoy bien. Sin embargo, ella continua caminando ahora con prisa hasta perderse en el pasillo.

–¡Por dios, no estoy loco, lo juro!–

mariomtoledo

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