Cuento: Un paseo por el zoo.

28/05/17                  Zoológico, Jaula, paseo, cocodrilo

Hola, presento a consideración de Ustedes, el siguiente relato.

La expectativa de mis sobrinos se desbordaba a más no poder. Mi sobrina Alejandra, la más pequeña, preguntaba con insistencia a qué hora partiríamos con rumbo al zoológico.

Mi hermana le dijo: –Calma, hija, ya pronto–

Antes de partir desayunamos en uno de los restaurantes, que existen en el zócalo de la ciudad. Mi cuñado me comentó, que pasaríamos a cargar combustible.

–Claro que sí, cuñado–le dije.

En el camino, pude observar cómo la ciudad había cambiado, en gran medida, por el impulso que los políticos le han brindado a la ciudad.

Por fin llegamos. Un enorme letrero nos daba la bienvenida.  Era uno espectacular en el que se podía ver el cañón del sumidero, además de la fauna y flora chiapanecas, al centro de la imagen,  el jaguar.

Al ingresar, observamos que existe una sala audiovisual, la cual permanece abierta al publico. Aquí nos dieron la bienvenida e instrucciones precisas sobre cómo realizar el recorrido.

Iniciamos el paseo. Unos pequeños museos que albergaban todo tipo de especies exóticas desde aves, monos, cocodrilos, serpientes, y tucanes. Nos informaban acerca de los datos científicos de los animales.

Después de una hora, hicimos un alto para descansar. El termómetro marcaba los treinta y cuatro grados centígrados. Sin embargo, tenía algo  urgente por hacer, y era  acudir  a los sanitarios.

Satisfecho, pude respirar aliviado para unirme de nueva cuenta con la familia y, reanudar el recorrido.

Conforme avanzábamos algo extraño se percibía en el ambiente. Al mismo tiempo, que una sensación eléctrica me recorrió la columna vertebral, signo inequívoco de que algo andaba mal. Pero, ¿qué era? hasta ese momento no tenía manera de saberlo.

Un anuncio nos pedía que guardáramos silencio. Estábamos llegando a la zona de los grandes felinos.  Al avanzar unos pasos,  escuché un rugido y los gritos de un niño.

Una mujer guardia saco del bolsillo de su camisa, un silbato, para emitir la alerta. Su rostro se torno compungido y angustiado, empezando a sudar. Agitada corrió hacía un lugar específico. Desconcertado, no supe qué decir. Mis sobrinos se habían quedado rezagados junto con mi hermana y cuñado. El corazón me comenzó a latir con más fuerza. Una descarga de adrenalina recorrió todo mi cuerpo.

Al llegar al área donde descansaban los grandes felinos, me quedé petrificado. Un niño,  se encontraba en la jaula del jaguar. El enorme gato que en esos momentos descansaba sobre un montículo de tierra. Aguzó las orejas y estiro el cuello para ver al intruso.

El niño de unos cinco años,  lloraba llamando a su madre.  Afuera de la jaula, su madre suplicaba que alguien ayudara a su hijo. El infante, como pudo, se acercó a la cerca para aferrarse a ésta gritando. Miré alrededor, buscando algo que sirviera para mantener a raya al jaguar. Pero la mujer guardia me dijo:

–¡No intente nada, señor, los encargados vienen en camino!–

–Pero. . . .lo va a matar–grité

 Con impotencia observé cómo aquel enorme animal comenzaba a descender de su atalaya. Empezamos a gritar y hacer ruido para distraer al gato. Sin embargo, el problema era que se encontraba lejos de la entrada y debido a eso al parecer no podía escucharnos ni vernos. De forma cautelosa, pero atento y vigilante se acercó al pequeño. Se notaba calmado, pero  sabía que iba dispuesto a todo, con tal de expulsar al extraño.

Pasaron los minutos, cuando hicieron su arribo los encargados. Eran un tipo gordo y otro delgado ( ¡el gordo y el flaco?). Uno de ellos cargaba un rifle con mira telescópica, el otro una red y una pértiga, en la cual se podía observar por un extremo un lazo rígido en forma de “u”, que me recordó  los bastones que se utilizan para atrapar a los perros callejeros.

–¡Háganse a un lado,  por favor!– gritaban

El gordo, como pudo abrió la reja. El rugido del jaguar me heló la sangre, jamás había estado en una situación semejante.

Mis sobrinos y hermana observaban a la distancia. Por su parte, mi cuñado se acercó para comentar:

–Por fin llegaron. Lo van a controlar–dijo

Ambos comenzaron a rodear al jaguar gritando para llamar su atención. El flaco preparó el rifle con un dardo somnífero, estaba tan nervioso, que pude ver como le temblaban las manos. Corrió el cerrojo, para después apuntar con sumo cuidado, el dardo se clavó justo en el cuarto trasero izquierdo del animal. Que al verse acorralado, rugía y mostraba sus enormes colmillos. Un tercer guardia, ingresó y cargo al pequeño hasta la entrada. El felino lucía calmado. El tranquilizante empezó a surtir efecto. Caminó titubeante para después recostarse  y quedar exánime.

La tensión se disipo y respiramos aliviados. A mi alrededor, observé que una multitud nos rodeaba. La mayoría filmó el incidente con sus celulares. Un par de señoras comenzaron a aplaudir de manera espontánea y me uní al jubilo.

–¡Bravo, bravo!–coreaban.

Los encargados revisaron al jaguar y lo colocaron en una camilla para llevarlo al hospital. Preocupados, el gordo y el flaco salieron. El gordo dijo:

–¡Señoras y señores, por favor despejen el lugar. Todo ha sido un accidente que no se volverá a repetir, por favor retírense!–

Las personas se fueron retirando. Salimos de aquel zoológico asustados, pero aliviados de que todo había concluido. Del chico y su madre no supimos más.

Por su parte las autoridades no quisieron ventilar el caso. Con el argumento de que iba en detrimento de la imagen del zoológico y la ciudad. Sólo una nota se publicó en los periódicos locales. En la cual se mencionaba, que las medidas de seguridad, serían reforzadas.

Mario Martin Toledo Ley

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