Una tarde en el parque Bicentenario.

25/03/2017

La tarde calurosa invita a salir, así que me visto. Lo he decidido, después de una larga jornada de trabajo; considero que es bueno apartar cierto espacio de tiempo para relajarme. Me visto de manera rápida sin pensarlo demasiado. A estás alturas de mi vida, considero que el tiempo es lo que más me falta. A veces llego tan cansado, que nada más comer, tomo una siesta. Pero en estos últimos días, he decidido tomar las cosas con más calma. Camino con paso ligero. Caminar ha sido siempre una de las pocas actividades las cuales disfruto. Desde que mis padres nos llevaban a mis hermanas y a mí a la escuela primaria a escasas cuadras de donde vivíamos. Hasta llegar a la secundaria donde adopté la caminata por otra razón extra, subí de peso. Por éste motivo y aunque algunos amigos se ofrecían para llevarme en sus bicicletas declinaba las ofertas alegando, que llegaría algún familiar por mí. En la prepa, no fue muy diferente me acostumbré a caminar e inclusive en algunas ocasiones llegué enfundado en pantalones deportivos, pues en ese entonces me había aficionado a correr. Recuerdo que caminaba los dos kilómetros, o quizá más en mi afán de estar más saludable. En ocasiones sudaba tanto, que era necesario secarme con una toalla y mudarme las camisas que llevaba puestas. Más tarde en la universidad sucedió casi lo mismo y digo casi porque la distancia era de tres kilómetros, los cuales recorría con gusto.

Pero el asunto no termina allí, pues años más tarde cuando mi trabajo como docente rural me llevó hasta la sierra chiapaneca, seguí disfrutando de largas caminatas por la montaña. Recuerdo de manera especial el día que llegué a la comunidad, la cual me había sido designada para trabajar como profesor, había tomado una combi, que me llevo hasta el ejido Llano Grande, justo a la mitad de la montaña. El camino concluía en ese punto y, era necesario seguir a pie. Un anciano subió por aquella ladera y me dijo que Llano Grande estaba muy cerca. Desde ese punto podía ver la comunidad. Tarde casi tres horas en llegar, y a cada paso que daba pensaba en cómo me había metido en tal problema. Por fin llegué. Y mi estancia durante tres años en la comunidad fue uno de los mejores periodos de mi vida. Mi llegada y despedida fueron  singulares. Un ciclón azotó aquella parte de la sierra, con una semana de lluvia dejándola incomunicada, tuve que  caminar dos días, pasando por la desolada Motozintla, enclavada en plena serranía. Hasta llegar a la ciudad de Huixtla con destino final a Tapachula. Como en ese momento tenía gripe llegué con una constipación que me duro tres días, sufriendo tremendos dolores de cabeza.

Hoy, sólo queda el recuerdo de aquellas experiencias, pero mis ganas de caminar continúan. Al llegar elijo una banca del parque alejada del kiosco principal, está en uno de los andadores, por lo que a mis espaldas los autos pasan de manera continua. Ya es de noche. Las luces de la ciudad se encienden desplegando todo su esplendor. El ruido es continuo, pero aun así el aire fresco nocturno, y la vista de los árboles que tengo enfrente me relajan. Un par de señoras vistiendo trajes deportivos caminan acompañadas de un perro chihuahueño, unos jóvenes platican de manera entretenida en otra banca, otro joven pasea a su labrador. Uno más pasa veloz y regresa posteriormente con una botella de agua,  acaba de comprarla en la tienda de la esquina. Una marimba comienza a tocar un melodía romántica acompañada de una trompeta. Mientras la melodía transcurre se escuchan los lamentos y requiebros de uno de los ejecutantes: ¡ayayay! ¡ajua!

Las personas de la tercera edad comienzan a llegar para sentarse en las sillas alrededor del kiosco y disfrutar de la velada musical.

Una señora se me acerca para ofrecerme papas fritas, de manera cortés declino su oferta, pero ella insiste por lo que finalmente le compro una bolsa. A mi lado un señor cansado, de aspecto sucio y tenis raídos duerme el sueño de los justos. Una niña con su madre cruzan el parque. La niña tiene más o menos la edad de mi hija, y no puedo evitar acordarme de ella. Con tristeza deseo que estuviera conmigo en ese momento, para llevarla a caminar de la mano por el parque,  y así aliviar un poco la pena de no haber estado con ella en los momentos que más me necesitaba. La congoja se apodera de mi corazón. Pero se que debo continuar por ella.

Me acuerdo de que tengo que comprar un par de tubos de pintura al óleo y crayones pastel. Son las ocho de la noche y, emprendo el regreso a casa. Relajado, ya en casa tomo un baño, además de un vaso con leche.  Me acuesto. Mañana será otro día.

Mario M. Toledo Ley

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